DÍA 38: Paraísos

En un momento del mes de Abril, alguien lanzó al vuelo una idea en el grupo que tenemos en la residencia:

-Hey guys! Why don’t we go to Kamakura? 🙂

Esa amistosa pregunta sería el germen de una visita que como poco, ha cambiado la idea que tenía de Japón.

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Landmark Tower y Nihonmaru, en el centro de Yokohama

Vivo en un barrio periférico de Yokohama, surcado por carreteras, lleno de casitas prefabricadas de madera con chapados cutres donde las plazas, los espacios públicos (y como ya dije, las papeleras) no abundan. Durante este primer mes, básicamente me he dedicado a conocer la ciudad en la que vivo y su entorno más inmediato, Tokio y Yokohama, siempre yendo al norte, siempre sumergiéndome en la misma vorágine gris de rascacielos, mega estructuras y capas de circulación. Ese miércoles, era fiesta, Shōwa no Hi (昭和の日), una fiesta que conmemora el cumpleaños del anterior emperador y el milagro japonés, por el cual, la gente de Japón consiguió recuperarse rápidamente de las secuelas de la Segunda Guerra Mundial gracias al esfuerzo del pueblo. Para ese día tan señalado Molly, Arianna, dos compañeras de cárcel residencia y servidor planeamos una pequeña escapada, nada serio, pasar algunas horas allí cenar y volver. Esta vez iríamos hacia el sur en vez de hacia el norte, dirección Kamakura. El trayecto en tren fue un buen epílogo para lo que deparaba el día, los bloques de pisos se difuminaban gradualmente a través de las ventanas del vagón y la vegetación reclamaba poco a poco el sitio que le pertenecía, haciéndose notar, hasta el punto en el que la megaurbe de Yokohama se transformó en una pequeña ciudad de casas bajas. Y como broche final a ese epílogo una plataforma sencilla, digna de Ghibli, que permitía a la ciudad fagocitar las vías, integrando urbe, tren y vegetación.

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Desde la estación, las señoras desafían a los trenes (y a los Beatles)
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Kamakura

¿Como definir Kamakura? Kamakura no es Tokio, porque la negación es la mejor forma de explicar la refrescante sensación de sumergirse en un sitio puramente autóctono, donde la modernización burda, la globalización y el asfalto no han conseguido hacerse hueco, generando un entorno que es como un frasco lleno de esencia de Japón.

Es la naturaleza medida, donde el hombre se abre paso a través de interacciones como cuevas, caminos a través del bosque, y construcciones mínimas que actúan como acupuntura. Nos dirigimos entonces a Engaku-ji, el templo cercano a la estación, el más grande de Kamakura. Tras pasar por los “tori” rituales una gigantesca estructura de vigas ensambladas en mitad de una plaza da la bienvenida a los visitantes, o más bien los dejan boquiabiertos como a mi. Esa estructura es solamente la punta del iceberg de un complejo gigante de construcciones y vegetación en armonía. IMG_0680a IMG_0698 Solo se oyen los pájaros y las ranas y una suave brisa trae el aire limpio, que viviendo en el área metropolitana de Tokio, se echa en falta. Las capillas de oración se suceden unas detrás de otras, y hasta la más pequeña sigue siendo espectacular. En muchas construcciones las pinturas me dejaron estupefacto, las facciones de la gente en unos tapices, el simple entrelazado de un tatami o un gigantesco dragón dibujado con los mismos trazos que la escritura. Panorama_sin_título3IMG_0751IMG_0735IMG_0741aMientras visitaba las distintas construcciones y subía y bajaba escaleras como si me fuera la vida en ello, Japón me hizo un regalo. En un edificio algo apartado vi unas siluetas con kimono blanco y me acerqué a comprobar que eran. En un pabellón, un grupo de mujeres practicaba Kyudo (弓道), el arte marcial de la arquería.

En completo silencio, dos mujeres realizaban frente a frente, como reflejadas en un espejo, unos suaves movimientos de tensión del arco y tiro, movimientos entre la sensualidad y la fuerza, que iban más allá de la propia puntería, estableciendo una relación de veneración del arma con la suavidad de un vals. En ese momento comprendí que no estaba viendo a dos mujeres, estaba ante una parte de Japón semiextinta, apisonada sin piedad por el afán de modernización. Estaba viendo más allá del tiempo un “algo” que llevaba cientos de años ejecutándose en silencio, sin más intención que la de alcanzar la perfección y cuya presencia resonaba en armonía con el croar de las ranas, la brisa y la textura de la madera. La relación de una cultura con la naturaleza al amparo de un techo de madera oscura en perfecta sincronización.

Belleza, eso era exactamente lo que tenía ante mis ojos, una belleza que soy incapaz de clasificar, pero que estaba allí, colándose entre los silbidos de las flechas y atrayéndome como un imán, permitiéndome robar un par de fotos que ni de lejos hacen justicia a lo que viví en ese momento. IMG_0765IMG_0766 Dejamos Engaku-ji y nos dirigimos al bosque, a un camino con increíbles vistas plagado de santuarios y capillas diminutas, protegidos muchos de ellos por zorros, aunque algunas eran tan pequeñas que se reducían a una piedra tallada al borde del camino.

Jamás he sido muy de confesarme, pero hice un ritual en una de las capillas bastante parecido que me dejó nuevo. El ritual consistía en reventar un platito de cerámica contra una piedra mientras pensabas en todo aquello que te atormentaba, para alejar los malos pensamientos. Sin querer (o no) reventé el plato con más fuerza de la esperada y los trocitos cayeron por todas partes en lugar de quedarse donde debían. Menos mal que nadie miraba.IMG_0807 El resto del día lo empleamos en callejear por el centro y cenar algo de comida hawaiana y como broche final visitamos al atardecer Tsurugaoka Hachiman-gu, un templo rojo en lo alto de una colina, una estampa de película. IMG_0831 Pero la cosa no quedó ahí. A los pocos días conseguí una bicicleta gracias a las amables señoras que moran la portería de la residencia, que vieron una que me podía valer y que llevaba un tiempo abandonada. Así que me vine arriba y como reto personal me propuse llegar hasta Kamakura en bicicleta, nada menos que 14 kilómetros ida, después de meses sin pedalear. Exhausto, pero llegué, así que después de tomar aire y un par de fotos, me dirigí a buscar el buda gigante, pero en su lugar me topé con Kencho-ji, otro templo gigantesco, así que improvisé y acabé echando la tarde allí paseando. IMG_0930 Me vine pronto porque las probabilidades de que me perdiera eran importantes, mi sentido de la orientación es bastante escaso, pero pese a todo pronóstico me hice los 14km en una hora y llegué sano, salvo y medio deshidratado. Y entonces… ¡una Golden Week salvaje apareció!

Esta es una semana de vacaciones que tienen los japoneses debido a la confluencia de muchas festividades juntas, lo que viene a ser nuestro puente de la Constitución, vaya. Eso si, imaginaos a japoneses haciendo turismo dentro de su propio país…Todo estaba a rebosar, TODO. Así que en la residencia organizaron una visita a Nikko, ciudad donde está enterrado Tokugawa Ieyasu, el primer shogun Tokugawa de Japón. Por supuesto Tosho-gu, su tumba y templo, es todo un alarde de poder. Su espíritu mora en una de las construcciones de perfiles de madera que son una explosión de color, mientras que su cuerpo, está enterrado a la espalda de un templo de bronce, en la profundidad del bosque, custodiado por leones, grullas y todo un catálogo de alegorías simbólicas. A la tumba se llega por unas impresionantes escaleras de basalto de hechas con piezas gigantes. IMG_1344IMG_1530 IMG_1411IMG_1503IMG_1486 Además en Nikko tuve la oportunidad de visitar por primera vez en mi vida un lago de verdad, no una laguna, embalse, alberca o charca, que es lo típico en La Mancha. Allí malgasté mi tiempo tirando piedras al agua, sin reparos ni arrepentimiento alguno.

De pequeño pasaba horas yendo al río a tirar piedras con mi padre, horas muertas simplemente para ver como esa piedra se hundía después de sonar con un “cloc”, una detrás de otra sin parar, justo como en Nikko, sin pensar en nada, solamente en desprenderte de una piedra que has elegido, en ver como vuela y como se estrella contra el agua.

*cloc

A la mundanidad hay que dedicarle un tiempo siempre que se pueda, es una forma de meditación al fin y al cabo.

2 thoughts on “DÍA 38: Paraísos

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